¿otro café? | un alto en el camino, un pequeño descanso

May/10

2

Tomando algo

Últimamente Xenia y yo hemos ido algunos días -mejor dicho noches- a tomar algo a La Musganya, un bar que hay junto a la sede del Distrito de Nou Barris. Es de esos sitios que tienen juegos de mesa para entretenerse un rato.

Después de probar con el famoso Scrabble hoy hemos probado uno que todavía no habíamos jugado, el Palabras Arriba, que no ha estado nada mal. En la foto la vemos a ella desesperada por no conseguir las letras que le iban bien para hacer su jugada… jejeje

Parece que dentro de “poco” esas partidas pueden ser algo más habitual… “ya tú sae”… ;-)

¡Buenas noches a todos!

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Abr/10

28

1

Aquí había una imagen mostrando la cuenta atrás para la descarga de GNU/Linux Ubuntu 10.04 Lucid Lynx, que… ya la han eliminado del servidor :)

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Abr/10

20

Enyóigome

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Dentro de tres horas me activan el nuevo contrato con Yoigo, y realmente no sé qué tal será, pero desde luego tengo ganas de probar el Internet móvil. Ironías del destino, hoy este telefonillo desde el que os escribo ha decidido por sí cuenta que tenía ganas de conectarse a Internet un ratito, así que ya veremos la factura…

En cualquier caso está bien esto de poder escribir justo antes de dormir :-) lo único que espero es escribir entradas más largas que estas últimas, jejeje. ¡Buenas noches y hasta la próxima!

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Como ya anticipé en el anterior post, intuyendo qué cambios se afectaban, aquí estoy, escribiendo tumbado desde la cama, cosa que no había hecho antes. Incluso ya había apagado el teléfono, pensando en irme a dormir, pero, como las embarazadas, he tenido un “antojo” y empeorar aquellos tiempos en que escribía en mí diario, ahora ya olvidado y sustituido por una versión con pilas y un poquito más “modenna” que la del candado bajo la cama.

Parecen buenos tiempos para las reflexiones de un día cualquiera… ¡Buenas noches! :-)

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Tras mucho tiempo pensándolo estas últimas semanas, finalmente he decidido contratar una tarifa de datos para el teléfono y un HTC com Android (concretamente el Desire, jejeje). Creo que ahora postearé mucho más, tampoco he pensado sobre qué, pero me da a mí que… ;-)

El teléfono en concreto es lo último de lo último, y aunque nunca he tenido un smartphone me ha encantado desde el primer momento. Poder envianos una foto mientras escribo, por ejemplo, es una gozada, y desde luego, el terminal tiene miles de posibilidades, ya os contaré.

Como siempre, ¡un saludito!

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Mar/10

30

¡7 TeV!

El LHC (Gran Colisionador de Hadrones, por sus siglas en inglés) ha empezado a colisionar haces de protones a alta energía. Llevamos días recibiendo noticias sobre lo que se estaba consiguiendo en Ginebra, pero esta noticia de hoy donde se han recreado circunstancias similares a las que se dieron instantes después del Big Bang se recordará por largo tiempo. Los cuatro sensores de datos del LHC han recopilado millones de datos de las colisiones que se han producido esta mañana. Estos datos serán analizados por miles de científicos a lo largo de los próximos años. Será entonces cuando obtengamos respuestas a tanta pregunta formulada.

Hoy mucha gente todavía no lo sabe, pero el 30 de marzo de 2010 será un gran día recordado por la ciencia en todo el mundo :)

Aún así, lo mejor está por llegar, cuando el LHC llegue a su potencia máxima, unos 14 TeV en 2013…

Os dejo con el video en streaming del canal de televisión que tienen por allí…

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Esa suerte de contrato que todos nosotros aprobamos cada día de nuestra existencia cuando, al levantarnos, no hacemos NADA por cambiar o evitarlo. Que el mundo esté así es culpa nuestra. Que el mundo deje de estarlo es nuestra voluntad. Actuemos, ahora.

Poco importan nuestras creencias o nuestras ideas políticas, el sistema instituído reposa en el acuerdo tácito de un tipo de contrato aprobado por cada uno de nosotros que a grandes rasgos os expongo:

Acepto la competitividad como base de nuestro sistema, aunque soy consciente de que este funcionamiento engendra frustracion y cólera a la inmensa mayoría de los perdedores.

Acepto que me humillen o me exploten a condición de que se me permita humillar o explotar a otro que ocupe un lugar inferior en la pirámide social.

Acepto la exclusión social de los marginados, de los inadaptados y de los débiles porque considero que la carga que puede asumir la sociedad tiene sus límites.

Acepto remunerar a los bancos para que ellos inviertan mi sueldo a su conveniencia y que no me den ningún dividendo de sus gigantescas ganancias (ganancias que servirán para atracar a los países pobres, hecho que acepto implícitamente). Acepto también que me descuenten una fuerte comisión por prestarme dinero, dinero que proviene exclusivamente de los otros clientes.

Acepto que congelemos o tiremos toneladas de comida para que los cursos bursátiles no se derrumben, en vez de ofrecérsela a los necesitados y de permitir a algunos centenares de miles de personas no morir de hambre cada año.

Acepto que sea ilegal poner fin a tu propia vida rápidamente, en cambio tolero que se haga lentamente inhalando o ingeriendo substancias tóxicas autorizadas por los gobiernos.

Acepto que se haga la guerra para así hacer reinar la paz.

Acepto que en nombre de la paz, el primer gasto de los Estados sea el de defensa. Entonces acepto que los conflictos sean creados artificialmente para deshacerse del stock de armas y así permitir a la economía mundial seguir avanzando.

Acepto la hegemonía del petróleo en nuestra economía, aunque es una energía muy costosa y contaminante y estoy de acuerdo en impedir todo intento de sustitución si se desvelara que hemos descubierto un medio gratuíto e ilimitado de producir energía. Acepto que sería nuestra perdición.

Acepto que se condene el asesinato de otro humano, salvo que los gobiernos decreten que es un enemigo y me animen a matarlo.

Acepto que se divida la opinión pública creando unos partidos de derecha y izquierda que tendrán como pasatiempo la pelea entre ellos haciéndome creer que el sistema está avanzando.

Además acepto toda clase de división posible con tal que esas divisiones me permitan focalizar mi cólera hacia los enemigos designados  cuando se agiten sus retratos ante mis ojos.

Acepto que el poder de fabricar la opinión pública, antes ostentado por las religiones, esté hoy en manos de hombres de negocios no elegidos democráticamente que son totalmente libres de controlar los Estados, porque estoy convencido del buen uso que harán con él.

Acepto que la idea de la felicidad se reduzca a la comodidad; el amor al sexo y la libertad a la satisfacción de todos los deseos, porque es lo que me repite la publicidad cada día. Cuanto más infeliz soy más consumo. Cumpliré mi papel contribuyendo al buen funcionamiento de nuestra economía.

Acepto que el valor de una persona sea proporcional a su cuenta bancaria, que se aprecie su utilidad en función de su productividad y no de sus cualidades, y que sea excluído del sistema si no produce  lo suficiente.

Acepto que se recompense cómodamente a los jugadores de football y a los actores y  mucho menos a los profesores y los médicos encargados de la educación y de la salud de las futuras generaciones.

Acepto que se destierre de la sociedad a las personas mayores cuya experiencia podría sernos útil, pues, como somos la civilización  más evolucionada del planeta (y sin duda del universo) sabemos que la experiencia ni se comparte ni se transmite.

Acepto que se me presenten noticias negativas y aterradoras del mundo todos los días, para que así pueda apreciar hasta qué punto nuestra situación es normal y cuánta suerte tengo de vivir en Occidente. Sé que mantener el miedo en nuestros espíritus sólo puede ser beneficioso para nosotros.

Acepto que los industriales, militares y jefes de Estado celebren reuniones regularmente para, sin consultarnos, tomar decisiones que comprometen el porvenir de la vida y del planeta.

Acepto consumir carne bovina tratada con hormonas sin que explícitamente se me avise. Acepto que el cultivo de OGM (Organismos Genéticamente Modificados) se propague en el mundo entero, permitiendo así a las multinacionales agroalimentarias  patentar seres vivos, almacenar ganancias considerables y tener bajo su yugo a la agricultura mundial.

Acepto que los bancos internacionales presten dinero a los países que quieren armarse y combatir, y que así elijan los que harán la guerra y los que no. Soy consciente de que es mejor financiar a los dos bandos para estar seguros de ganar dinero y prolongar los conflictos el mayor tiempo posible con el fin de poder totalmente arrebatar sus recursos si no pueden reembolsar sus préstamos.

Acepto que las multinacionales se abstengan de aplicar los progresos sociales de Occidente en los países desfavorecidos. Considerando que ya es una suerte para ellos que los hagan trabajar. Prefiero que se utilicen las leyes vigentes en estos países que permiten hacer trabajar a niños en condiciones inhumanas y precarias. En nombre de los derechos humanos y del cuidadano, no tenemos derecho ejercer injerencia.

Acepto que los laboratorios farmacéuticos y los industriales agroalimentarios vendan en los países desfavorecidos productos caducados o utilicen substancias cancerígenas prohibidas en Occidente.

Acepto que el resto del planeta, es decir cuatro mil milliones de individuos, pueda pensar de otro modo a condición de que no venga a expresar sus creencias en nuestra casa, y todavía menos a intentar explicar nuestra Historia con sus nociones filosóficas primitivas.

Acepto la idea de que existen sólo dos posibilidades en la naturaleza, a saber: cazar o ser cazado, y si estamos dotados de una conciencia y de un lenguaje, ciertamente no es para escapar de esa dualidad, sino para justificar por qué actuamos de ese modo.

Acepto considerar nuestro pasado como una como una continuación ininterrumpida de conflictos, de conspiraciones políticas y de voluntades hegemónicas, pero sé que hoy todo esto ya no existe porque estamos en el summum de nuestra evolución, y porque las reglas que rigen nuestro mundo son la búsqueda de la felicidad y de la libertad para todos los pueblos, como lo oímos sin cesar en nuestros discursos políticos.

Acepto sin discutir y considero como verdades todas las teorías propuestas para la explicación de los misterios de nuestros orígenes. Y acepto que la naturaleza haya podido dedicar millones de años para crear a un ser humano cuyo único pasatiempo es la destrucción de su propia especie en unos instantes.

Acepto la búsqueda del beneficio como fin supremo de la Humanidad y la acumulación de riqueza como realización de la vida humana.

Acepto la destrucción de los bosques, la casi desaparición de los peces en los ríos y en nuestros océanos. Acepto el aumento de la polución industrial y la dispersión de venenos químicos y de elementos radiactivos en la naturaleza.

Acepto la utilizacion de toda clase de aditivos químicos en mi alimentación, porque estoy convencido de que si se añaden es porque son útiles e inócuos.

Acepto la guerra económica que actúa con rigor sobre el planeta, aunque siento que nos lleva hacia una catástrofe sin precedentes.

Acepto esta situación, y supongo que no puedo hacer nada para cambiarla o mejorarla.

Acepto ser tratado como ganado porque definitivamente pienso que no valgo más.

ACEPTO NO PLANTEAR NINGUNA CUESTIÓN, CERRAR LOS OJOS SOBRE TODO ESTO Y NO FORMULAR NINGUNA OPOSICIÓN VERDADERA, PORQUE ESTOY DEMASIADO OCUPADO POR MI VIDA Y MIS PREOCUPACIONES.

INCLUSO ACEPTO DEFENDER A MUERTE ESTE CONTRATO SI USTED ME LO PIDE.

ACEPTO PUES, EN MI ALMA Y CONCIENCIA Y DEFINITIVAMENTE ESTA MATRIZ TRISTE QUE USTED COLOCA DELANTE DE MIS OJOS PARA ABSTENERME DE VER LA REALIDAD DE LAS COSAS.

Sé que todos ustedes actúan por mi bien y el de todos, y por eso les doy las gracias.

Acepto” es un texto -publicado en 2003 para conmemorar el triste aniversario de los acontecimientos del 11 de septiembre- “altamente simbólico para la humanidad“. Este texto, que fue leído, entre otros, en la radio francesa NSEO.com , nos recuerda severamente el contrato social que aceptamos con prórroga. Un acuerdo tácito  que firmamos cada mañana al despertar y simplemente no hacer nada . Algo más que una crítica social, en este breve texto se destacan los hechos resultantes de nuestra innegable predilección por la comodidad, la indiferencia y la marginación.

Hecho por Amistad sobre la Tierra, el 11 de septiembre 2003. Un anónimo que envió el texto a NSEO para que fuese radiodifundido.

Gracias a la colaboración de Jagzam, podemos ofrecer también aquí el vídeo subtitulado en español. Subido a YouTube por SubtUtiles.

(vía estosololoarreglamossinellos.org, y el Proyecto Tamiz)

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Hoy os dejo con un libro de aquellos que todos deberíamos tener junto a la cabecera de nuestra cama, para poder leerlo y reflexionar sobre lo que está pasando en el mundo y lo que estamos provocando.

John Perkins, ex-gángster económico detalla su vida cuando trabajaba para Chas. T. Main Inc., una empresa constructora, tapadera para contratos multimillonarios con países extranjeros. Resumiendo en pocas palabras, el cometido de Perkins fue convencer a los mandatarios de los países donde el Banco Mundial, el FMI o cualquier otro ente intergubernamental pretendían invertir dinero para que éstos países negociaran contratos con empresas estadounidenses, esclavizando a perpetuidad a todos estos paises junto con la deuda acumulada por el préstamo… De película, ¿no? Pues bienvenidos a la realidad.

Podéis encontrar el libro en la Casa del Libro, Amazon y otras muchas librerías.

Os dejo con el prefacio escrito por el propio autor. Realmente vale la pena la lectura atenta de todo el libro, pero con esta introducción os podéis hacer buena idea de lo que nos va a revelar más adelante.


Los gángsteres económicos (Economic Hit Men, EHM) son profesionales generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo. Canalizan el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de «ayuda» hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controla los recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización.

Yo lo sé bien, porque yo he sido un gángster económico.

En 1982 escribí estas líneas como comienzo de un libro cuyo título de trabajo era Conscience of an Economic Hit Man. Lo dedicaba a los presidentes de dos países, a dos hombres que fueron c1ientes míos, respetados y considerados por mí como espíritus afines: Jaime Roídos, presidente de Ecuador, y Ornar Torrijos, presidente de Panamá. Ambos habían fallecido recientemente en aquellos momentos. Sus aviones se estrellaron, pero no se trató de ningún accidente sino de asesinatos motivados por la oposición de ambos a la cofradía de dirigentes empresariales, gubernamentales y financieros que persigue un imperio mundial. Nosotros, los gángsteres económicos, no conseguimos doblegar a Roídos y Torrijos, y por eso fue preciso que intervinieran los otros tipos de gángsteres, los chacales patrocinados por la CÍA que siempre estaban pegados a nuestras espaldas.

Me convencieron de no escribir ese libro. Durante los veinte años siguientes lo empecé en cuatro ocasiones más. En cada una de ellas, mi decisión estuvo influida por hechos contemporáneos de la política internacional: la invasión de Panamá por Estados Unidos en 1989, la primera guerra del Golfo, el conato de invasión de Somalia y la irrupción de Osama bin Laden. En todas ellas, amenazas o sobornos me indujeron a abandonarlo.

En 2003, el presidente de una importante editorial propiedad de una poderosa multinacional leyó un borrador de lo que luego ha resultado ser Confesiones de un gángster económico. Lo calificó de «relato fascinante que debía ser contado». A continuación sacudió la cabeza con una sonrisa triste, y me dijo que los ejecutivos de la oficina central pondrían objeciones y que no podía arriesgarse a publicarlo. Me aconsejó que lo reescribiera en forma de novela. «Podríamos lanzarte como novelista, a lo John LeCarré o Graham Greene.»

Pero esto no es una novela. Es el relato real de mi vida. Otro editor más valeroso, y no perteneciente a ninguna multinacional, aceptó ayudarme a contarlo.

Esta historia debe ser contada. Vivimos en una época de crisis terribles, y de oportunidades tremendas. La historia de este particular gángster es la historia de cómo hemos llegado adonde estamos y por qué nos enfrentamos actualmente a una crisis que parece insuperable. Y hay que contarlo porque necesitamos entender nuestros errores del pasado si queremos hallamos en situación de aprovechar las oportunidades futuras. Porque han ocurrido cosas como el 11-5 y la segunda guerra en Iraq. Porque además de las tres mil personas que murieron a manos de los terroristas el 11 de septiembre de 2001, otras veinticuatro mil murieron ese día de hambre y de otras secuelas de la miseria. O mejor dicho, todos los días mueren veinticuatro mil personas que no encuentran con qué alimentarse.1 Y lo más importante, esta historia hay que contarla porque hoy, por primera vez en la historia, existe un país capaz de cambiar todo eso mediante sus recursos, su dinero y su poder. Es el país en donde nací y al que he servido como gángster económico: Estados Unidos de América del Norte.

¿Qué es lo que finalmente me convenció a ignorar las amenazas y los intentos de soborno?

La respuesta breve es que tengo una hija, Jessica, licenciada universitaria y emancipada. Y que, recientemente, al comentarle que estaba considerando la publicación de este libro y participarle mis temores al respecto, me contestó: «No te preocupes, papá. Si van por ti, yo continuaré donde lo hayas dejado. Aunque sólo sea por los nietos que espero darte algún día». Ésa es la respuesta breve.

La versión completa tiene que ver con mi dedicación al país en que me he criado y mi amor a los ideales proclamados por sus padres fundadores. También con lo que considero mi deber para con la república americana que hoy promete «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» para todos, en todas partes. Y, por último, tiene que ver con mi decisión -tomada después del 11-S- de no quedarme ocioso contemplando cómo los gángsteres económicos transforman esa república en un imperio global. He aquí la sinopsis de la versión completa que se hallará desarrollada, en carne y hueso, a lo largo de los capítulos siguientes.

Éste es un relato real. Lo he vivido minuto a minuto. Los paisajes, las personas, las conversaciones y los sentimientos que describo han formado parte de mi vida. Es mi biografía y, sin embargo, debo situarla en el contexto más amplio de los acontecimientos mundiales que han configurado nuestra historia, que nos han llevado adonde estamos hoy, y que conforman los cimientos del futuro de nuestros hijos. He procurado la máxima exactitud en la descripción de esas experiencias, gentes y conversaciones. Cuando comento hechos históricos o reconstruyo mis conversaciones con otras personas, he utilizado diversos instrumentos: documentos publicados, registros y notas personales, recuerdos míos y de otros participantes, los cinco borradores empezados en otros tiempos y las narraciones históricas de otros autores, con preferencia para los recién publicados y que revelan informaciones antes clasificadas o no disponibles por otros motivos. En las notas finales doy las referencias para el lector interesado que desee profundizar en estos temas.

Mi editor me preguntó si realmente nos referíamos a nosotros mismos llamándonos gángsteres económicos. Le contesté que sí, aunque usábamos más a menudo las iniciales EHM. En efecto, el primer día de 1971 que empecé a trabajar con mi instructora, Claudine, ésta me dijo: «La misión que tengo asignada es hacer de ti un economic hit man. Y que nadie se entere de tu actividad… ni siquiera tu mujer». Y luego añadió, poniéndose seria: «Cuando uno entra en esto, entra para toda la vida».

Más adelante, casi nunca volvió a mencionar la expresión completa. Éramos, sencillamente, unos EHM.

El cometido de Claudine es un ejemplo fascinante de la manipulación subyacente al negocio en el que me había incorporado. Era bella e inteligente, y sumamente eficaz. Detectó mis puntos débiles y supo explotarlos en su beneficio. Su trabajo y la habilidad con que lo realizaba ejemplifican la mentalidad sutil de quienes manejan los hilos de este sistema.

Claudine no tuvo pelos en la lengua a la hora de describirme lo que iban a exigir de mí. «Tu trabajo -dijo- consistirá en estimular a líderes de todos los países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares. A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se hacen inmensamente ricos.

Hoy vemos los estragos resultantes de este sistema. Ejecutivos de las compañías estadounidenses más respetadas que contratan por sueldos casi de esclavos la mano de obra que explotan bajo condiciones inhumanas en los talleres de Asia. Empresas petroleras que arrojan despreocupadamente sus toxinas a los ríos de la selva tropical, envenenando adrede a humanos, animales y plantas, y perpetrando genocidios contra las culturas ancestrales. Laboratorios farmacéuticos que niegan a millones de africanos infectados por el VIH los medicamentos que podrían salvarlos. En Estados Unidos mismo, doce millones de familias no saben lo que van a comer mañana. El negocio de la energía ha dado lugar a una Enron. El negocio de las auditorías ha dado lugar a una Andersen. La quinta parte de la población mundial residente en los países más ricos tenía en 1960 treinta veces más ingresos que otra quinta parte, los pobladores de los países más pobres. Pero en 1995 la proporción era de 74:1.3 Estados Unidos gasta más de 87.000 millones de dólares en la guerra de Iraq, cuando Naciones Unidas estima que con menos de la mitad bastaría para proporcionar agua potable, dieta adecuada, servicios de salud y educación elemental a todos los habitantes del planeta.

¡Y nos preguntamos por qué nos atacan los terroristas!

Algunos preferirían achacar nuestros problemas actuales a una conspiración organizada. Ya me gustaría que fuese tan sencillo. A los conspiradores se les puede capturar y llevar ante los tribunales. Pero este sistema nuestro lo impulsa algo mucho más peligroso que una conspiración. Lo impulsa, no un pequeño grupo de hombres, sino un concepto que ha sido admitido como verdad sagrada: que todo crecimiento económico es siempre beneficioso para la humanidad y que, a mayor crecimiento, más se generalizarán sus beneficios. Esta creencia tiene también un corolario: que los sujetos más hábiles en atizar el fuego del crecimiento económico merecen alabanzas y recompensas, mientras que los nacidos al margen quedan disponibles para ser explotados.

Es un concepto erróneo, naturalmente. Sabemos que en muchos países el crecimiento económico sólo beneficia a un reducido estrato de la población, y que de hecho puede redundar en unas circunstancias cada vez más desesperadas para la mayoría. Viene a intensificar este efecto el corolario mencionado, de que los líderes industriales que impulsan este sistema merecen disfrutar de una consideración especial. Creencia que está en el fondo de muchos de nuestros problemas actuales y tal vez es el motivo de que abunden tanto las teorías conspirativas. Cuando se recompensa la codicia humana, ésta se convierte en un poderoso inductor de corrupción. Si el consumo voraz de los recursos del planeta está considerado algo intocable, si enseñamos a nuestros hijos a emular a las personas con estas vidas desequilibradas y si definimos a grandes sectores de la población como subditos de una élite minoritaria, estamos invocando calamidades. Y éstas no tardan en caer sobre nuestras cabezas. En su afán de progresar hacia el imperio mundial, empresas, banca y gobiernos (llamados en adelante, colectivamente, la, corporatocracia) utilizan su poderío financiero y político para asegurarse de que las escuelas, las empresas y los medios de comunicación apoyen (tanto el concepto como su corolario no menos falaz. Nos han llevado a un punto en que nuestra cultura global ha pasado a ser una maquinaria monstruosa que exige un consumo exponencial de combustible y mantenimiento, hasta el extremo que acabará por devorar todos los recursos disponibles y finalmente no tendrá más remedio que devorarse a sí misma.

La corporatocracia no es una conspiración, aunque sus miembros sí suscriben valores y objetivos comunes. Una de las funciones de la corporatocracia estriba en perpetuar, extender y fortalecer el sistema continuamente. Las vidas de los «triunfadores» y sus privilegios -sus mansiones, sus yates, sus jets privados-, se nos ofrecen como ejemplos sugestivos para que todos nosotros sigamos consumiendo, consumiendo y consumiendo. Se aprovechan todas las oportunidades para convencemos de que tenemos el deber cívico de adquirir artículos, y de que saquear el planeta es bueno para la economía y por tanto conviene a nuestros intereses superiores. Para servir a este sistema, se paga unos salarios exorbitantes a sujetos como yo. Si nosotros titubeamos, entra en acción un tipo de gángster más funesto, el chacal. Y si el chacal fracasa, el trabajo pasa a manos de los militares.

Este libro es la confesión de un hombre que, en la época en que fui EHM, formaba parte de un grupo relativamente reducido. Este tipo de profesión es hoy más abundante. Sus integrantes ostentan títulos más eufemísticos y pululan por los pasillos de Monsanto, General Electric, Nike, General Motors, Wal-Mart y casi todas las demás grandes corporaciones del mundo. En verdad, Confesiones de un gángster económico es su historia tanto como la mía.

Y también es la historia de Estados Unidos, del primer imperio auténticamente planetario. El pasado nos ha enseñado que, o cambiamos de rumbo, o tenemos garantizado un final trágico. Los imperios nunca perduran. Todos han acabado muy mal. Todos han destruido culturas en su carrera hacia una dominación mayor, y todos han caído a su vez. Ningún país o grupo de países puede prosperar a la larga explotando a los demás.

Este libro ha sido escrito para hacemos recapacitar y cambiar. Estoy convencido de que, cuando un número suficiente de nosotros cobre conciencia de cómo estamos siendo explotados por la maquinaria económica que genera un apetito insaciable de recursos del planeta -y crea sistemas promotores de la esclavitud-, no seguiremos tolerándolo. Entonces nos replantearemos nuestro papel en un mundo en que unos pocos nadan en la riqueza y la gran mayoría se ahoga en la miseria, la contaminación y la violencia. Y nos comprometeremos a emprender un viraje que nos lleve a la compasión, la democracia y la justicia social para todos.

Admitir que tenemos un problema es el primer paso para solucionarlo. Confesar que hemos pecado es el comienzo de la redención. Que sirva este libro, pues, para empezar a salvamos, para inspiramos nuevos niveles de entrega e incitamos a realizar nuestro sueño de una sociedad justa y decente.

John Perkins

Agosto de 2004

Texto reproducido con permiso escrito de Ediciones Urano. El texto completo lo podéis encontrar en las librerías bajo el título Confesiones de un gángster económico, John Perkins, 2004. Traducido por Antonio Bravo Alfonso para Ediciones Urano en su sello books4pocket. 1ª edición: octubre 2009. ISBN: 978-84-92801-05-3

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Ven aquí, mi nietecito bonito. Ven, siéntate en mi regazo que te voy a contar un cuento. Así muy bien; apoya tu cabecita en mi hombro que esta historia que voy a relatarte pertenece a una realidad pretérita, de no hace mucho tiempo, pero real como la vida misma. ¿Recuerdas que el otro día le comentaste a tu abuelo que los cartuchos de la impresora que hemos comprado eran muy caros para la poca tinta que tenían? Pues escucha, mi hijito, escucha.

Érase una vez, en las oficinas generales de Hewlett Packard en Palo Alto, California, no hace muchos años, que el presidente de la compañía convocó en una reunión a los mejores ingenieros de la empresa con el objeto de ponerles a prueba. El problema radicaba en que HP estaba literalmenteperdiendo dinero con sus impresoras láser. Este tipo de máquinas acaban de salir al mercado y eran tan caras, pero tan caras, que se vendían fatal, sobre todo en el mercado doméstico.

Una bandada de ingenieros trajeados y encorbatados accedió a la sala de reuniones, y todos se fueron acomodando alrededor de una enorme mesa ovalada. La tensión se palpaba en el ambiente, pues no sabían por qué oscuro motivo el gran jefe les había citado allí con tal nivel de misterio y secretismo. Cuando el anfitrión apareció, el silencio se enseñoreó de la habitación mientras todos los participantes se levantaban en gesto de cortesía. Decenas de pares de ojos siguieron pausadamente el recorrido de aquel decano hacia su cómodo sillón, en la presidencia de la mesa. Se sentó y todos hicieron lo propio.

—Señores, tenemos un grave problema —comenzó tajante—. No vendemos impresoras láser al usuario doméstico y muy pocas a la empresa. ¿Y cuál es la razón? El precio. El costo de fabricarlas, de por sí ya alto, y nuestro propio beneficio hacen que su valor en el mercado sea tan elevado que se antojen prácticamente inaccesibles para los cosumidores.

Todos se miraban entre sí asintiendo. Ellos sabían que lo que decía el gran jefe era totalmente cierto, sin ningún género de dudas.

—Les he convocado hoy aquí —prosiguió— para solventar este tema de manera prioritaria. Tienen ustedes una semana exacta para encontrar una solución eficaz que permita rebajar los precios drásticamente. En la próxima reunión deberán proponerla.

Todos se quedaron atónitos y expectantes. Probablemente el que aportara la mejor solución recibiría una buena recompensa y sería ascendido. Era la oportunidad ideal para todos y cada uno de ellos.

Pasada una semana de la primera reunión, los ingenieros fueron de nuevo convocados por las altas esferas. Llegaron todos con multitud de papeles, estudios de mercado, gráficos, hojas de cálculo y demás parafernalia para referir sus exposiciones. Uno a uno fueron interpelados por el gran jefe acerca de las soluciones propuestas. Algunos hablaron de reducir el grosor y la calidad del plástico para ahorrar dinero, otros comentaron sobre las dimensiones y el ahorro del troquelado, muchos llevaban propuestas para disminuir el coste de los materiales de la maquinaria interna y hasta algunos sugirieron reducir el número de tornillos, documentando con cientos de datos la merma de presupuesto que ello conllevaría. Todas las ideas eran muy válidas, aunque no lo suficiente como lo que se deseaba desde la dirección de la empresa.

Había un joven ingeniero acomodado en un sillón de cuero que no había abierto la boca desde el principio de la reunión. El gran jefe se fijo en él y le preguntó por qué no comentaba nada, a ver si no había tenido ninguna idea.

—Estoy escuchando al resto de mis compañeros, señor —contestó él.
—¿Y podrías comentarnos qué impresión te causan las ideas que aquí se están proponiendo?
—La verdad es que están todas muy bien documentadas y estudiadas, pero no creo que ninguna funcione al cien por cien.
—¿Y quizás tú tienes alguna otra mejor?
—Por supuesto, señor.
Yo tengo la idea clave para que la gente compre impresoras láser y ganemos dinero con ellas.
—¿Y nos la podrías comentar a todos, si no es mucha molestia? —Todos sonrieron de manera burlona.
—Claro que sí.
Debemos vender las impresoras por debajo su coste.

La tremenda risotada por parte de todos retumbó en las paredes de la sala de reuniones como un eco estruendoso rebotando en el interior de una caverna. Todos comenzaron a tachar de loco y demente al joven ingeniero. Los comentarios altisonantes circulaban alrededor de la mesa, pero el joven mantuvo el tipo y esperó a que todos sus colegas dejaran de reír.

—No habéis dejado que termine —comentó cuando por fin el silencio regresó a la sala—, permitidme que lo explique. La clave consiste en vender las impresoras por debajo de su coste y, por otro lado, triplicar el precio de los consumibles.

Todos quedaron perplejos mirando a aquel joven delgaducho y de aspecto desgarbado. El gran jefe se quedó pensativo durante varios minutos para, al final, esbozar una taimada sonrisa.

Aquel joven, nietecito mío, fue ascendido y colocado como un muy alto directivo de la empresa, ganando millones de euros al año. Las impresoras láser bajaron de precio drásticamente y la gente comenzó a comprar indiscriminadamente, sin sospechar el susto que posteriormente les daría el comprar el tóner en cuestión.

Y es por eso que desde ese día, la estrategia para la venta de impresoras, no ya sólo de HP, sino de todos los demás ahora también, se basa en rebajar al máximo su precio, elevando a veces hasta un 400% el precio de cartuchos y otros consumibles. Tampoco es hoy terreno cerrado a las impresoras láser, porque al final la política ideada por aquel joven ingeniero se trasladó al resto de sistemas de impresión.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Y baja ya del regazo so vago, que te estás durmiendo y con treinta y seis años que tienes ya no puedo contigo. ¡Parásito. Busca un trabajo, hombre! A ver si tú tienes algún día una idea así y me compras un chalé en Torremolinos.

NOTA: La historia de este post es totalmente verídica.

(vía teknoplof)

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Imponente.

No os copio la letra porque me tacharían de… ¡spoiler! :D

Son increíbles. Los mejores, sin duda.

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